lunes, 13 de febrero de 2012

Mose´s inferno 3ª Parte

Se encontraban en un despacho de planta triangular. La puerta se encontraba en uno de los vértices, largas estanterías de madera oscura como la tinta recorrían las paredes. Una alfombra granate cubría el suelo. Al fondo, había un balcón abierto a la noche y delante, un escritorio labrado en la misma extraña madera con un par de butacas orejeras tapizadas de rojo. Sobre ellas, Diana y Memphis conversaban.

— No me estás escuchando — Dijo el anciano —. No se trata de ganar o perder, el juego es mucho más que eso.
— ¿Qué es el juego entonces? — Preguntó Diana mientras se recostaba contra el sofá.
— Lo sabrías, si fueras una jugadora — Chupó de la pipa solemnemente y continuó —. Los hombres necesitan esas estúpidas normas y jueces que hagan que se cumplan. Os encantan las limitaciones y…
— Soy una mujer.
— ¿Qué?
— Que soy una mujer. Mujer no es lo mismo que hombre.
— Minucias, pobres minucias. Eva nació de la costilla de Adán, en esencia sois lo mismo. No vuelvas a interrumpirme o ya te puedes ir largando.
— Lo siento.
— ¿Por dónde iba? Ah sí, limitaciones. No sé qué morboso placer encontráis en ellas, pero a decir verdad resultan bastante útiles
— ¿A qué te refieres?
— A que todos los hombres tienen algo que les empuja hacia el camino fácil. Algo que les guía hasta mi — Aquel brillo volvió a sus ojos y un escalofrío recorrió la espalda de Diana, pero desapareció en cuanto el viejo volvió a abrir la boca — O al menos así era, ya nadie cree en mi.
— No es cierto, algunos lo hacen, lo he visto.
— Fanáticos, niñatos y viejas temerosas, inútiles. Ni siquiera aquellos que se hacen llamar “ministros del Señor” creen en mí como antes. ¿Dónde quedaron los pactos de sangre? Bah…
— ¿Pactos de sangre, como en Fausto?
— Algo así. Cuando un hombre firma su sentencia conmigo, su alma viene a parar íntegra a mis salones.
— Yo creía que eso pasaba con todos los pecadores
— ¿Pecadores? No me hagas reír niña. Seamos serios, el pecado como lo conocéis se lo inventaron los curas. Los verdaderos pecadores no son aquellos que no sirven a Dios, si no aquellos que no sirven al hombre — Levantó una mano hacía la joven — No hables, ya sé que no lo entiendes. En cuanto a tu ignorante creencia, te lo explicaré. Cuando un hombre hace el mal, parte de su alma ya me pertenece, así que puesto que ningún hombre puede ser bueno o malo totalmente, sus almas solo llegan en parte.
— Y eso no es bueno.
— Si lo es, es el orden natural de las cosas. Simplemente es menos entretenido, los condenados no son los únicos que se aburren por aquí.


Sacad vuestras propias conclusiones. Gracias por leerme y ya sabéis, si tenéis alguna idea o algo de lo que os gustaría que escriba, dejádmelo en un comentario.

Hoy, zombie.

Sanmar

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