domingo, 26 de febrero de 2012

L´autel dés peches - Fin cap. 1

Al poco rato, el lagarto bajó las escaleras refunfuñando y Claude pudo empezar su historia.
— Como ya sabéis, me marché de casa cuando pasó toda aquella mierda con Millet. Aunque me sabía mal dejaros así, no podía arriesgarme a que los restos de la banda me pillaran y además, aunque los jueces no pudieron empapelarme, el comisario Dupont aún me tenía ganas. No os dije a donde iba porque temía que os lo intentaran sonsacar o algo parecido — Suspiró —. Fue demasiado para mi… era consumirme o huir.
— En realidad ya habíamos tomado medidas contra Los Ceniza, pero ni si quiera se nos acercaron. — Interrumpió el barman —. Merodearon cerca de las ruinas de vuestra casa y del bar y poco más, supongo que aún se estaban lamiendo las heridas. Entre la madera y tú les jodisteis a base de bien.
— Entiendo, esos capullos descerebrados ni si quiera iban a mear si Millet no se lo ordenaba, pero aún así me sorprende que no hicieran nada. Bueno, el caso es que cogí mi chaqueta, mi gorra y un fajo de billetes que el iluso de Vincent guardaba para mis estudios y hui todo lo lejos que pude.
— Pero Claude, a mí ya me has contado todo eso y más — dijo la joven —. Ya tendréis tiempo de contaros vuestras batallitas, ve al grano.
— Es cierto, es cierto — Crujió el cuello hacia los lados, como hacía siempre antes de concentrarse y su expresión se tornó más seria —. Hace algo menos de un mes, llegó un mensaje a mi oficina. En él, un tipo que se hacía llamar Zombie decía que había cometido un error, que Los Cenizas no habían incendiado mi casa. Por lo visto todo había sido obra de un Sangreazul que quería terminar con ellos sin mancharse las manos. Puse todo mi empeño en saber quién demonios era ese tal Zombie y al cabo de una semana, mis socios ya lo habían encontrado. Estaba muerto en su habitación, un disparo en la sien.
— Oh Dios mío Claude… — Michelle se tapó la boca con las manos afligida —. ¿Y no pudiste sacar nada en claro? ¿No había ninguna nota o algo?
— Nada, todo apunta a que fue un suicidio, pero poco más. Eso sí, conocía al tipo, ¿Os acordáis de Renard?
— Si, la zarigüeya, el chico de los recados de Millet — Respondió Elouan cruzando los brazos.
— Era él. No sé como cojones fue capaz de seguirme el rastro, pero era él. Lo que sí sé es que ese chico no se habría tomado tantas molestias después de seis años si lo que tuviera que decir no fuera cierto — Suspiró y se apretó los ojos con el índice y el pulgar durante un instante —. Puede ser una trampa, tal vez ahora mismo me esté esperando algún cabrón armado en la salida o tal vez Renard se lo hubiese inventado todo para joderme y morir en paz…
— No lo creo, ningún idiota cruza medio mundo para luego suicidarse — Sentenció el camarero.
— El tiempo me ha enseñado que hay gente para todo, viejo. A estas alturas ya me espero cualquier cosa y más si viene una ciudad como ésta.
— ¿Y qué vas a hacer Claude? Dijiste que no buscabas venganza — Michèle posó su mano en la del felino. Su mirada era casi suplicante.
— No pretendo meterme en líos, cariño. Solo quiero saber la verdad de todo éste asunto — Respondió Claude con aire tranquilizador —. Puede que tenga que partir algunas bocas al viejo estilo, pero no pretendo hacerlo solo. Mañana iré a buscar a los chicos, ¿Ya no paran por aquí desde que me fui?
— Paul y Unai se pasan de vez en cuando a tomar una copa, para recordar viejos tiempos. Aún se juntan para celebrar tu cumpleaños ¿sabes? — Dejó caer Elouan con una sonrisa teñida de acusación —. Incluso Arnauld se deja caer ese día.
— ¿Incluso Arnauld? ¿Le ha pasado algo?
— Bueno Claude… su madre estaba muy enferma y no podían vivir siempre de lo que sacaba de las calles, asique él… bueno…
— Se hizo policía — terminó Michèle con rabia —. Pudo haber trabajado en los ultramarinos, o en la fábrica, pero se metió a policía. Un buen sueldo, medicinas para su madre y nunca le faltará un plato de sopa en casa ¿Pero a cambio de qué? El otro día casi mata a golpes a un chaval por robar un bote de pepinillos, delante de todos. Se ve que le ha cogido gusto a la porra.
— ¿Qué? ¿Qué hizo qué? — Claude se levantó tirando el taburete —. ¡Pero será cabrón! Nunca tuvo muchas luces pero ¡¿Esto?! Dios…
— Lo sabemos Claude, lo sabemos… fue un duro golpe para todos.
— Joder, Arnauld…
— Si te hubieses quedado, él habría entrado en razón. Tú siempre le sacabas de todos los marrones, confiaba en ti — Dijo la rata.
Claude apretó los puños. Su hubiera sido otra persona le habría roto la nariz de un puñetazo, porque tenía razón, él podría haberlo evitado. Respiró profundamente y relajó los dedos. Acto seguido, levantó el taburete y se volvió a sentar, mirando al suelo, tratando de tranquilizarse. Permaneció así un rato hasta que al fin levantó la mirada y con una sonrisa forzada dijo:
— Da igual, hablaré con él de todas formas. Si aún queda algo de mi colega bajo ese uniforme, incluso nos vendrá bien tener a alguien dentro del cuerpo.
Los otros se limitaron a asentir, pero conocían demasiado a Claude como para creerse ese falso optimismo. Jamás perdonaría a su viejo amigo por unirse a la madera.
— Pero antes de nada iré a ver a Vincent, el hijo pródigo debe volver a casa.
Se levantó y se puso su vieja chaqueta de pana verde y su gorra, y se encendió otro cigarro con un mechero plateado.
— ¿Quieres que te acompañe a casa nena? — Dijo a Michelle entre calada y calada.
— No hace falta Claude, darías más rodeo, necesitas descansar del viaje — Respondió ella.
— ¿No temes que te violen o algo parecido?
— Depende, creo que hay más posibilidades de que lo hagan si voy contigo — Dijo con una pícara sonrisa —. Además, ya no soy una niña indefensa gato. He tenido tiempo de sobra para aprender a cuidarme sola.
— Está bien, pero luego no quiero lloros — Se encaró al cocodrilo y continuó —. Elouan, me alegro de volver a verte, mañana me pasaré a por otro de tus brebajes.
— Brebajes, ¡Ja! Mi absenta es la mejor de la ciudad y lo sabes.
— La mejor para el estreñimiento desde luego — La chica no pudo evitar soltar una risotada, e incluso al lagarto le hizo gracia el comentario.
Después de despedirse, del viejo camarero con un abrazo, se acercó a Michèle y le dio un corto beso en los labios al que ella apenas se resistió. Podían haber pasado seis años y ella aún le amaba, estaba seguro, pero si quería recuperarla tendría que ir con pies de plomo. Tiró de la puerta hacia arriba y hacia si mismo y salió al agradable frescor de la noche. “Algún día tendré que arreglar esta maldita puerta” pensó.
Avanzó por las desiertas calles, observando cómo había cambiado todo desde que se fue. Las fachadas, antes llenas de las pintadas de las bandas, ahora relucían, inmaculadas, bajo la luz de las farolas. El viejo cabaret había sido reformado, las chicas ya no se paseaban cerca enseñando sus carnes para incitar a los transeúntes. Habían construido parques, habían puesto farolas y bocas de riego. Alguien había decidido convertir aquel arrabal en un sitio agradable, al parecer recientemente. “No durará mucho” Se dijo Claude. El barrio podía parecer distinto, pero sus habitantes siguen siendo los mismos. En poco tiempo los parques estarían plagados de yonquis, las putas volverían a tomar la calle y las bandas se encargarían del resto. Ese era su encanto.
Escuchó un estrépito a lo lejos, pero no se desvió de su camino. Al poco rato pudo ver a unos chavales corriendo a esconderse en un callejón. Un fallo muy típico en las primeras persecuciones con la policía. Al poco rato, dos agentes entraron tras ellos y puedo oír el chirrido de una escalera de incendios. Segundo fallo, cuando llegaran a la azotea no tendrían escapatoria. Los maderos les cogerían, les pegarían una paliza y con suerte los devolverían a sus casas, magullados y doloridos, y con una buena multa en el bolsillo que sus padres no podrían pagar. Los recuerdos de su niñez le hicieron sonreír el resto del camino.
Cuando llegó al hotel, la grasienta y oronda portera roncaba sonoramente. Abrió un ojo cuando Claude se acercó para coger la llave de su habitación y asintió con un gruñido porcino. A continuación siguió con su concierto particular. El puma estaba convencido de que lo hacía a propósito.
Subió las escaleras pesadamente, y abrió la puerta de su cuarto. La estancia era muy espartana, tan solo tenía una cama, un armario y una mesilla de noche a la que le faltaba un cajón. Podría haberse permitido un hotel más lujoso, pero aquel era lo mejor que podía encontrar en dos kilómetros a la redonda y le gustaba sentirse cerca de los suyos.
Dejó la chaqueta, la gorra y los zapatos tirados en el suelo y cayó en la cama como un fardo. No tardó mucho en dormirse, pero hasta que lo hizo, no paró de pensar en Michèle. Sus curvas, sus labios, sus ojos… y esa mirada de reproche, esa mirada que gritaba “¿Por qué te fuiste?”. La misma mirada que había visto en los ojos Elouan y en los del Buitre. La misma que temía encontrar en los ojos de su padre.


¡Termina el primer capítulo de "L´autel dés peches"! Espero que os haya gustado y la semana que viene habrá más.

Ultimamente estoy escribiendo menos y limitándome a las entradas dominicales. En parte por razones que prefiero no compartir, pero principalmente por que estoy centrándome bastante en ésta historia en concreto y me ocupa casi todo el tiempo que escribo. Muchas gracias por leerme y ya sabéis si os está gustando, sois libres de seguirme en blogger, dejarme un comentario o mencionarme en la web (y de hecho os lo agradeceré mucho :D)

Hoy, expectante.

Sanmar

1 comentario:

  1. Venga va ti0, lo reconozco, we te dan mucho kejor de lo q imagine los diálogos. Pero no.toda.la.hostoria.es.dialogo eh, no abuses de.ello. Venga, infraseer, a segjie escribiendo!

    ResponderEliminar