Querido señor Twain
Escribo ésta carta como última constancia de mi ser y de mis viles acciones, puesto que cuando la termine dejaré de ser yo mismo y adoptaré una nueva identidad.
Mucho ha que decidí encomendarme a la investigación científica en pro de la humanidad y jamás pensé que mis descubrimientos llegaran a ocasionar su propia destrucción.
Me embarqué en el proyecto del arma con la estúpida idea de que algún día, tal potencia defensiva acabaría con las guerras, la lacra de la humanidad. Vendí mi patente en secreto al Coronel Astor creyendo sus promesas envenenadas y cuando me quise dar cuenta, ya existía un prototipo operativo. Primero fue Tunguska, luego Rubtsovsk... los ensayos eran cada vez más demoledores y llamativos para el resto de potencias. La guerra estalló y yo fui la chispa que prendió la mecha.
Actualmente, el gobierno me utiliza como chivo expiatorio culpándome de provocar el conflicto con mis inventos asesinos. Ese malnacido de Edison no deja de decir a los medios que siempre fui un monstruo y que mis estudios sobre la corriente alterna solo tenían fines destructivos, cuando se de buena tinta que colaboró en los primeros ataques.
Hasta ahora he podido evitar que me capturen gracias a algunos contactos y buenos amigos que se han jugado la vida para mantenerme oculto. Durante este tiempo he puesto todo mi empeño en encontrar un punto débil en el monstruo que yo mismo diseñé, hasta el punto de que he puesto en peligro mi vida al acudir a mi antiguo laboratorio.
Tristemente, aun no he encontrado una solución definitiva, pero mi trabajo no ha sido en vano. He llegado a una hipótesis que arroja un poco de esperanza ante lo que se avecina. Ardo en deseos de saber que opinan Underwood y Gugliermo al respecto.
(A partir de aquí el texto es casi indescifrable)
Me han encontrado, puede muera hoy mismo. Si así sucede, contacte con Westinghouse.
Siempre suyo
Nikola Tesla
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