Madrid, nueve de la mañana, cuando me desperté no vi nada fuera de lo común. No tenía superpoderes ni había una lechuza en mi ventana. Mi madre golpeaba insistentemente la puerta con la aspiradora, al son de las tertulias mañaneras. Mi verdadera madre, quiero decir, no un clon enviado para matarme. La tostadora no viajaba atrás en el tiempo y no encontré ningún fantasma japonés en la ducha. El portero y la vecina chismosa me saludaron amablemente cuando salia camino de la universidad y cuan escasa fue mi sorpresa al comprobar que tampoco aquel día habría una invasión zombi. Caras largas, aburridas y soñolientas de humanos corrientes se cruzaban en mi camino y el olor a rayos de plasma no se dejaba sentir entre los del humo y el café. Pude ver como se escapaba un tren, que desde luego no iba al polo norte, y esperé sentado en el andén junto a un anciano correoso que bien podría haber sido un alienígena disfrazado, pero no ese día.Saqué mi libro y retirando cuidadosamente el marcapáginas me zambullí en el bullicioso mercado de Shacarath, cuna de asesinos y geomantes. A mi al rededor se levantaban cientos de tiendas medio enterradas en la arena y de cuyos toldos colgaban especias, animales y cientos de brillantes abalorios. Uno de ellos exhibia una deslumbrante colección de dagas curvas, comunmente utilizadas por los ladrones de caballos. Una de ellas me llamó la atención, de modo que atravesé la multitud para examinarla más de cerca. No me había equivocado, la estrella de siete puntas grabada en la hoja delataba que había pertenecido a la Logia del Alba Ardiente, el comando de asesinos más influyente de la región, al cual había pertenecido mi padre. El vendedor me miró con aire malhumorado al ver que ignoraba cada una de las ofertas que...El sonido de las puertas del tren abriéndose me arrancó de la historia de un tirón, y no tuve más remedio que guardar el libro a toda prisa y salir despedido antes de que se cerraran. Recorriendo el campus no pensaba en otra cosa que en que le depararía al protagonista de mi novela y de como me comportaría si estuviera yo en su lugar. Entré en clase y desplomé los apuntes sobre la mesa, dispuesto a copiar cientos de fórmulas que seguramente me serían útiles en el futuro, pero que en Shacarath no serían más que jeroglíficos sin sentido.
No hace falta ser un lince para entrever el mensaje de este relato, creo. Lo escribí después de una discusión con mi familia acerca del frikismo, la fantasía y la ciencia ficción. No es ninguna obra maestra, más bien es un escupitajo mental sin mayor objeto, pero me gusta y aquí lo dejo.
Sanmar
A mi también me gusta. Por otro lado, la discusión sobre el frikismo, la fantasía, y su supuesta incompatibilidad con la madurez es eterna, interminable, e inevitable, así que pasa del tema.
ResponderEliminarcris*
PD: me alegra que vuelvas a escribir ^^