Sanmar - "El Néctar de los Dioses"
Éste es un pequeño trabajo escrito hace años, pero revisado y reeditado hace dos días cuando buscaba material para escribir. Es todo muy teenager, así que espero que entendáis que eso es porque fue escrito cuando yo era un quinceañero locuelo. Lo subo a estas horas porque me he tirado dos años para maquetarlo en pdf. Espero que os mole y ya sabéis si os gusta podéis seguirme en blogger, distribuir links al blog por la web o dejar vuestro comentario que será leído y contestado con alegría e ilusión XD
Hoy, machacado.
Sanmar
Prólogo Di:
Los científicos de la UECA confirman la aparición de numerosos yacimientos de ambrosía en España, concentrándose dicen, en la Comunidad de Madrid. Según lo acordado por la Unión Europea, el estado español tendrá el derecho a la explotación de dicha sustancia pese al escaso número de Buscadores de que dispone. Visto lo cual, el ejército ha comenzado labores de reclutamiento en busca de aquellos que sean capaces de detectar dicha sustancia y…
Apagué el televisor dándole un manotazo al mando, el ruido me había despertado de la siesta. Cambié de postura un par de veces sobre el sofá, tratando de volver a conciliar el sueño, pero no hubo manera. Me levanté con los ojos medio cerrados rascándome la espalda, tenía la boca pastosa y me dolía la cabeza. Lena apareció por la puerta del cuarto de estar con una taza humeante en las manos.
— Ya era hora de que te despertaras pequeña — dijo sonriente —. Llevas durmiendo desde las cuatro.
— ¿Lah huahro? — pregunté en mitad de un bostezo.
— Si hija sí, llevas durmiendo tres horas.
— Oh Dios… — Con razón me dolía la cabeza.
— Ha llamado tu novio, dijo que se pasaría en un rato.
— ¿Cuánto es un rato? Y no alucines, yo no gasto de eso. Juanfran es un amigo de la uni, ya lo sabes.
— Ya claro, de momento.
— Vete a la mierda — Dije tirándole un cojín que interceptó con la mano que no sujetaba la taza — ¿Qué estás bebiendo?
— Té — dio un sorbo ruidoso —, pakistaní.
— Cada día eres más gafapasta.
— Y tú más amargada — dijo Lena. Acto seguido se sentó en el sofá y dejó la taza en una mesa cercana. Nuestra casa no era nada del otro mundo, un piso compartido bastante barato no demasiado lejos del centro. La casera era una viejecilla arrugada y gruñona que no les quería arreglar las persianas, y la mitad de los muebles eran de Ikea, traídos por nosotras. Mucho más de lo que me hubiera atrevido a imaginar hacía un par de años.
Lena encendió de nuevo el televisor.
… disturbios de la semana pasada, el gobierno hace un llamamiento a la calma por parte de los manifestantes quienes demandan que la ambrosía no entre al mercado económico. Sus razones…
— Me voy a duchar — dije mientras salía de la habitación —. ¿Vas a salir?
— De hecho sí, he quedado en Tribunal con las chicas en diez minutos — respondió Lena despreocupadamente.
— Lena… ¿Te das cuenta de que tardas media hora en llegar verdad?
— Si bueno, — sonrió —, dicen que es elegante que una señorita llegue algo tarde.
Me encogí de hombros y seguí mi camino.
… hablan de una supuesta célula terrorista que…
Mientras me duchaba volví oír la voz de mi amiga a través de la puerta.
— Oye Di, acuérdate de tomarte lo que te traje del herbolario.
— Vaaaaale — dije gritando desde la ducha.
— ¿Pero tómatelas eh? Paso de tener otro susto como el del otro día.
— Que si pesada, que eres peor que mi madre.
Lo decía porque la semana anterior me había pasado algo muy extraño. Cuando las dos volvíamos de clase, de pronto mi corazón latió con una fuerza desmesurada durante un segundo. Fue una sensación muy extraña, mi pecho vibró con tanta fuerza que me hizo parar en seco. Poco después me volvió a ocurrir haciendo que cayera al suelo, entonces fue cuando Lena empezó a preocuparse. Hubo otro más y me desmayé. Cuando desperté, estaba en una ambulancia. Me llevaron al hospital y me hicieron un montón de pruebas, pero como no supieron decirme que me ocurría lo achacaron al estrés. Lena no terminaba de creérselo así que se pasaba el día intentando convencerme de que probara sus remedios naturales.
Cuando salí de la ducha Lena ya se había ido. Caminé envuelta en una toalla hasta mi cuarto, secándome el pelo con otra por el camino y dejando pequeños charcos a mi paso. Me senté en la cama pensando en lo desastre que era mi compañera de piso. Siempre dejaba todo por ahí tirado, no limpiaba en la vida y era el ser más despistado del planeta. Al principio me ponía muy nerviosa, pero pronto me adapté yo también a ese estilo de vida despreocupado y pasota. Por suerte, la señora García Puebles (la casera) venía una vez por semana para ver si todo estaba en orden (y para cotillear, todo sea dicho) de modo que al menos un día a la semana teníamos que limpiar a la fuerza.
Hoy en día, además de mi compañera de piso, Lena también era mi mejor amiga. Cuando me independicé y empecé la universidad, la relación con mis antiguos amigos se fue haciendo más y más precaria. Llegó un momento en el que apenas nos veíamos, cada uno tenía ya su nuevo grupo de amigos. Lena, que en realidad se llama Helena, en cambio, vino sola desde Barcelona a estudiar. Como ninguna de las dos era demasiado sociable, vivir juntas hizo que nuestra amistad fuera algo inevitable y maravilloso.
Mi móvil empezó a sonar en el otro extremo de mi habitación interrumpiendo mis pensamientos. Era un mensaje de Juanfran, un chico de la uni del que me había hecho muy amiga, de hecho era una de las pocas personas que me caían bien de clase. En el mensaje decía que llegaba tarde pero que estuviera preparada en quince minutos como mucho, conociéndole llegaría en veinte. Habíamos quedado para cenar con un par de amigos suyos que me quería presentar, probablemente (pese a lo que pudiera pensar Lena) el chico tuviera intención de emparejarme con alguno de ellos. Pobre iluso, era muy raro que un chico se fijara en mí de verdad, pero al menos podría caerles bien.
Pasé el tiempo que quedaba arreglándome, no demasiado, lo suficiente para no parecer una mendiga. Me puse unos vaqueros de pata ancha pasados de moda, mi camiseta de Star Wars (estaba segura de que con ella me ganaría a sus amigos) y una sudadera negra sin dibujos. Más que suficiente para ir a cenar a un buffet libre. Después me miré en el espejo satisfecha. De apenas metro sesenta, caderas anchas, pecho generoso y un par de kilos de más, era una chica del montón. Una corta melena negra como la tinta me caía hasta los hombros y el flequillo me caía a un lado, tapando una pequeña cicatriz encima de la ceja izquierda, recuerdo una herida que me hice de pequeña. Lo único que llamaba la atención de mi rostro era una pequeña y redonda nariz surcada de pecas, y mis ojos, de un azul intenso. Cuando miré el reloj ya habían pasado los quince minutos.
Me asomé sacando medio cuerpo por la ventana como hacía siempre (una costumbre que Lena detestaba) esperando encontrar a Juanfran en el portal, pero no había nadie allí todavía. No era de extrañar, siempre llegaba tarde. “Quizá debería llevarme paraguas…” pensé, el cielo era de un gris ceniza y las nubes amenazaban con una tormenta. Justo como a mí me gusta.
Mucha gente me tachaba de estúpida cuando decía que me encantaba la lluvia, pensaban que era una de esas adolescentes pseudo-alternativas que dicen cosas así para hacerse las interesantes. Pero realmente era algo que me pasaba desde que era pequeña, me encantaban los ambientes húmedos y lluviosos (esa era una de las razones por las que siempre había querido vivir en el Reino Unido). Una vez, cuando tenía quince años, llegué a casa empapada y descalza, simplemente porque quería saber que se sentía al caminar así bajo la lluvia. Mi madre pensó en llevarme al psicólogo, mi padre en cambio me dio una toalla y me dijo que acabaría poniéndome enferma, pero con una sonrisa en los labios. Él sabía porque lo había hecho, él siempre me entendía.
Decidí que para hacer tiempo hasta que llegase mi supuesto novio, podría subir un rato a la azotea. Hacía tiempo que no lo hacía, “¿Qué mejor día que éste?” pensé, además así cuando llegara mi amigo podría verlo mejor. Me puse las zapatillas nuevas y salí de casa dejando la puerta entornada, no tardaría mucho. Subí las escaleras de dos en dos hasta la gruesa puerta metálica, corrí el pesado cerrojo con cierto esfuerzo y salí al exterior. El viento era suave como un susurro y fresco como un chicle de menta e incluso ahí, sobre un quinto piso, olía a tierra mojada. El suelo de la azotea era de un feo hormigón grisáceo surcado de pequeños bultitos, que se hundía hacia una esquina para evitar que se acumulara el agua. Un armario metálico pegado a uno de los muros que rodeaban la azotea y sobre el cual se erguían las antenas de televisión, era lo único que rompía la monotonía de aquel lugar, que, a juzgar por su aspecto, necesitaba una limpieza urgente. Aunque había llovido anoche, el suelo estaba lleno de cacas de paloma y en una esquina, junto al armario, habían anidado varias generaciones de urracas.
Me acerqué al murete que apuntaba al oeste y me apoyé en la barandilla que había sobre él. Estaba desvencijada y no me llegaba ni siquiera al estómago, pero serviría. Desde allí podía ver la acera, unos pocos edificios enfrente y poco más. Las vistas no eran muy espectaculares pero me gustaba subir allí de vez en cuando, me relajaba, sobre todo los días lluviosos. El viento hacía ondear suavemente mi pelo, me dieron ganas de echar un cigarro.
Todo era perfecto hasta que de pronto me doblé sobre mi misma en un súbito ataque de dolor. Sentí de nuevo aquella vibración en mi pecho. No, no era una vibración, era como un latido sobreactuado, un pálpito que me dejó sin aliento durante unos instantes. ¿Qué estaba pasando?
Me recompuse y me quedé agarrada unos instantes en la oxidada barandilla tratando de encontrarme el pulso en la muñeca, ¿Estaría teniendo un infarto? ¿Con solo veinte años? Había oído que durante un infarto, a uno le dolía al pecho y se le quedaba un brazo rígido (no recordaba cual), pero de momento no me había ocurrido y el pulso parecía normal.
Volvió a suceder, esta vez más fuerte y caí de rodillas sobre el suelo húmedo, sujetándome el pecho con ambas manos. Era como una explosión, como si algo dentro de mí quisiera expulsar mi corazón a cañonazos. Empecé a temblar asustada. No entendía lo que me estaba pasando y no creía que fuera nada bueno así que decidí bajar al piso y llamar a Lena. Mi primer impulso fue llamar a una ambulancia, pero no quería montar tanto escándalo para que me dijeran que era por culpa del estrés. Últimamente todo parecía culpa del estrés.
Me levanté como pude agarrándome a la barandilla y anduve lentamente hacia la puerta, pero por el camino me asaltaron dos palpitaciones más. Aquello era insoportable, tenía que encontrar a alguien antes de que fuera a peor. Seguí andando, concentrándome en dar un paso tras otro, me sentía muy débil. Andaba mirándome los pies, mis pulcras zapatillas rosas ahora estaban sucias por el agua estancada de los charcos, que pisaba sin importarme lo más mínimo. Cuando levanté la vista, me di cuenta de que estaba empezando a andar en círculos ya que había dejado la puerta a mi derecha, probablemente por culpa del mareo. Me intenté dirigir de nuevo hacia la puerta pero por alguna extraña razón mis piernas no me respondían y seguí andando en línea recta hacia el armario de las antenas.
Nada tenía sentido, pero a medida que andaba, las palpitaciones se iban haciendo más frecuentes y dolorosas y en mi cabeza los pensamientos se entrecruzaban sin ton ni son. Mi consciencia se empañaba poco a poco, parecía que me estaba quedando dormida, pero podía sentir todo a mi alrededor como si no fuera así. Cuando llegué al armario, me agache cerca del nido de urracas y empecé a escarbar con las manos en el montículo de mugre, plumas y excrementos que lo conformaba. No sabía por qué narices estaba haciendo todo eso, me movía como una autómata mientras retiraba la porquería. De pronto, noté algo duro entre mis dedos y dejé de escarbar. Era una figura irregular, de tacto ceroso bajo el fango que la cubría. La froté un poco con la manga para quitarle la mierda y pude ver que era de un rosa oscuro y translúcido, como el ámbar. Tenía que estar soñando, todo aquello era como un sueño muy realista.
Hubo otro latido, aún más intenso, pero a diferencia de los anteriores éste no fue doloroso, de hecho fue algo genial. Una ola de calor envolvió mi cuerpo, haciéndome sentir cómoda, arropada e incluso algo excitada. Era una sensación completamente nueva para mí, un bienestar completo. Allí, echa un ovillo, con el extraño objeto entre las manos, sucia y empapada, durante unos instantes simplemente fui feliz.
Luego todo se desvaneció.
Éste es un pequeño trabajo escrito hace años, pero revisado y reeditado hace dos días cuando buscaba material para escribir. Es todo muy teenager, así que espero que entendáis que eso es porque fue escrito cuando yo era un quinceañero locuelo. Lo subo a estas horas porque me he tirado dos años para maquetarlo en pdf. Espero que os mole y ya sabéis si os gusta podéis seguirme en blogger, distribuir links al blog por la web o dejar vuestro comentario que será leído y contestado con alegría e ilusión XD
Hoy, machacado.
Sanmar
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