La isla era una imponente extensión de crestas rocosas que apuntaban hacia el cielo a diferentes alturas, dándole pese a sus salientes picudos, un aspecto abombado. Emergía del agua como un racimo de colmillos irregulares, dispuesta a devorar cualquier barco que se atreviese a acercarse lo suficiente, de manera que solo se podía acceder a la misma a nado. La isla se encontraba a treinta metros de un acantilado y se elevaba hasta una altura de unos quince en su parte más alta.
Aquella noche un temporal arremetió desde el norte. El viento aullaba entre las rocas, un sonido lastimero que helaba la sangre y los huesos, más aun que la gélida lluvia. En el estrecho, entre la isla y el acantilado, las olas rompían con fuerza en todas direcciones, de manera que la superficie del agua parecía bullir con rabia. En la cima del acantilado, un hombre observaba como se desataba el infierno.
El hombre se tapaba con un gabán y una gorra de lana, ambos calados, y tenía la mirada perdida en el horizonte mientras el agua le chorreaba por todo el cuerpo y se abrazaba a sí mismo en un vano intento de calmar la tiritera. Ensimismado, casi expectante, nadie podría adivinar qué hacía allí ese hombre soportando la tormenta. De pronto, una súbita ráfaga de viento le arrancó la gorra y al girarse, antes de dar un paso para recuperarla, le vio. Una larga y negra figura se recortaba contra el paisaje justo detrás de él. Atrapó la gorra y se la ofreció mientras esbozaba una afilada sonrisa llena de dientes. El hombre, alarmado por la oscura presencia, dio un par de pasos hacia atrás, directo al desfiladero, pero tras unos segundos se armó de valor y avanzó arrebatándole la gorra al ente. Se la caló de nuevo y adoptó la pose más desafiante que puede poner alguien al borde de la hipotermia. La sombra, una figura irregular recortada frente a la intermitente luz de los rayos, permaneció impasible ante aquella muestra de fingida valentía, con la garra con la que había atrapado la gorra aun extendida. Aguantaron así cinco minutos, pero ninguno daba muestras de impacientarse. De pronto, el hombre se llevó una mano temblorosa hacia el interior del gabán y extrajo un revolver con el que apuntó al ser que tenía delante. Confundidos con el ruido de la tormenta, seis disparos atravesaron a su oscuro acompañante, quien lejos de caer malherido o muerto, permaneció inmóvil. El hombre tenía los ojos abiertos como platos y una expresión de pánico se dibujó en su cara mientras trataba de introducir una nueva serie de balas en el tambor. La sombra a su vez avanzo lentamente, sobre su boca, dos ojos rojos y brillantes como brasas humeaban.
Cuando se encontraban a tan solo unos centímetros, el miedo y la ira dieron paso a la resignación. El hombre se arrodilló dejando caer el arma, mirando al suelo, esperando para saldar su deuda. Estrechó la mano que le ofrecía el ser, cerró los ojos y se dejó rodear por su abrazo. Cuando los volvió a abrir pudo ver como el acantilado en el que estaba se alejaba a gran velocidad. Segundos después su cuerpo se estrelló contra las afiladas rocas del islote.
Cuentan que existe un lugar en el que un hombre desesperado puede hallar la solución a sus problemas. Dicen que dicho lugar exige dos sacrificios, uno de sangre y uno de carne. Sangre pues nadie consigue escalar sus crestas y quedar impune; carne, pues todos aquellos que aceptan el trato mueren en dicho lugar.
Cuentan que existe un lugar gracias al cual un hombre trató de burlar a la muerte.
Iluso.
Hoy, entre vacas.
Sanmar
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